HISTORIA.

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CUATRO PAÍSES,
TRES GENERACIONES,
DOS CONTINENTES, UNA FAMILIA.

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Los vínculos de la familia Kambara con Sudamérica se remontan a 1956, cuando en plena reconstrucción de Japón luego de la Segunda Guerra Mundial, el alcalde de Numakuma, Hideo Kambara, llegó a Brasil y Paraguay en busca de nuevos horizontes para los vecinos de su pueblo.

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Ese fue el inicio de un camino continuado hasta hoy, y que tuvo a Makoto Kambara como fuerte impulsor de emprendimientos en esos dos países y también en Uruguay.

 

A este país llegó en 1975, luego de pasar por Argentina, y adquirió 17.000 hectáreas de campo en Rocha, donde funciona hasta hoy una arrocera y cría de ganado.

 

En la década de 1980 inauguró un astillero en Montevideo. Llegó a Piriápolis y compró un campo de 800 hectáreas que incluye el Cerro del Toro y su ladera norte.

 

En ese lugar, muy cerca de donde Francisco Piria había levantado su viñedo a inicios del 1900, la familia Kambara decidió cumplir el anhelo de tener su vino propio.

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A partir de 2016, y aconsejado por el empresario noruego y buen amigo Lars Ugland, Makoto decidió plantar 30 hectáreas de viña y proyectar la construcción de una bodega para producir vino de alta calidad.

 

Ya en manos de su hijo Takao Kambara, el proyecto avanza a paso firme con un equipo de técnicos uruguayos, conocedor de la zona y del negocio vitivinícola desde principios de siglo.

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El mapa vitivinícola de Uruguay tiene una centralidad dada en Canelones y Montevideo, donde los inmigrantes italianos se instalaron para cultivar la vid y producir vino. Pero gracias a distintos personajes históricos con una visión de futuro envidiable, el viñedo uruguayo se extiende en otras zonas con condiciones muy valoradas en la actualidad.

Uno de ellos fue Francisco Piria, conocido alquimista por su obra en el este del país, quien además de su legado arquitectónico tuvo un plano productivo muy importante.

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FRANCISCO PIRIA:
UN PIONERO,
UN VISIONARIO.

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En sus viajes a Europa, Piria buscó perfeccionar el cultivo procurando estudiar el suelo y las variedades que más se pudieran adaptar a su condición. También apeló a técnicos de renombre como el ingeniero Teodoro Álvarez, y trajo desde Italia al enólogo Brenno Benedetti, quien se convirtió con los años en abuelo del escritor Mario Benedetti.

 

Teodoro Álvarez, quien se desempeñaba a inicios del siglo XX como inspector técnico en viticultura, se instaló en el predio de Piria para estudiarlo y hacer un reporte a sus superiores.

 

"Este importante establecimiento, es el más interesante desde el punto de vista vitícola de todo el país, ya sea por las variedades de vides que allí se cultivan, ya por la naturaleza del terreno donde se encuentra el viñedo, formado por la descomposición de las rocas de épocas geológicas primitivas donde figuran los basaltos y sienitas; atravesado en diferentes sentidos por capas de calcáreo terroso que asoman en algunos parajes, constituyendo verdaderas canteras, que se explotan para abonar el resto del terreno desprovisto de cal en su mayor extensión.

Ya por las diferentes altitudes y exposiciones en que se hallen colocadas las cepas, según ocupen las pendientes de las sierras o las llanuras del valle, vegetando puede decirse en climas diferentes, donde se hallan sometidas a la lucha con las inclemencias del tiempo”, escribió el profesional sobre el viñedo de Piria en abril de 1902.

Piria dedicó mucho tiempo a experimentar variedades y portainjertos. Y una vez satisfecho con su tarea, además de cultivar la vid se dedicó a vender material para que otros puedan plantar.

En una comunicación a posibles compradores en el año 1900, de su puño y letra Piria escribió:

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A inicios de 1900, Piria gestionó su propio viñedo, muy cerca de donde hoy se desarrolla Bodega Cerro del Toro.
 
La Bodega Piriápolis llegó a tener 200 hectáreas de viña y elaborar vinos de muchos estilos, como la "Cognacquina Piriápolis", famosa por sus presuntas cualidades curativas. 
"Hay algo que satisface más a las nobles ambiciones del hombre trabajador y progresista que, con los medios a su alcance, con su inteligencia y con su ardua, constante y férrea labor, llega a conseguir al fin: el éxito.

El éxito, para los que sienten la necesidad de luchar, no constituye el dinero. El dinero no es más que un medio, es sólo necesario para conseguir la victoria; y ésta la constituye ampliamente el coronamiento de la obra emprendida y realizada con la perseverancia y el acierto. La lucha ha sido cruenta.

Tiempo, dinero, trabajo: todo se ha amontonado, todo se ha derrochado para conseguir el éxito. Y hoy podemos con plena convicción estar seguros de que el porvenir de la viticultura es un hecho, más, un gran problema resuelto”.
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 FRANCISCO PIRIA

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